LA RAZÓN VENCERÁ A LAS BALAS




El panorama era desolador, solo se podía ver destrucción por todas partes. Las casas destruidas, las vidas apagadas… todo lo que había conocido se esfumó con rapidez. Mi familia estaba perdida, llevaba varios días intentando encontrarles. Juana es compañera del internado; tiene miedo a todo, cuando suenan las sirenas y, corremos como ratas hacia el refugio, Juana tiembla y reza, yo me tapo los oídos intentando mitigar el silbido silencioso del misil cayendo, ese silbido me pone el vello de punta, me corta la respiración. Lo malo es cuando se oye el estallido que todo lo hace temblar de miedo, mirar alrededor y ver que ha caído lejos. Juana llora y sigue rezando y yo, tengo que salir, ya no suenan las sirenas y me siento agobiada, en este lugar no puedo respirar. Afuera todo es gris, se puede masticar tierra en el aire. Pero aun así es mejor que estar dentro, no es que desprecie la compañía de los demás, es que me muero allí encerrada. Empiezo a caminar, como sonámbula. Por las calles voy apartando las piedras y ladrillos, escombros de desolación. Pero no iba a parame aquí, debía seguir buscando. Tenía que llegar a mi barrio y buscar mí casa, si tenía suerte aun podría estar en pie. Debía darme prisa casi empezaba a anochecer y si me ven los soldados me llevaran de nuevo al refugio. Reconocí tres o cuatro calles, había incluso algunas tiendas donde mi madre me había comparado zapatos y algún vestido, ahora estaban saqueadas o quemadas. Dos calles más y llegaría a mi barrio, corrí con todas mis fuerzas al ver a dos hombres matar a otro y robarle una maleta, asustada me apoyé en el recodo de una casa, traté de calmar mi respiración tapándome la boca con las manos, pero estas me temblaban haciendo que cerrara los ojos. Un par de minutos después, cuando abrí los ojos de nuevo me asombré.  Estaba frente a mi casa, corrí hacia la puerta que asombrosamente estaba en pie y la abrí despacio. Las bisagras chirriaron, entré lentamente. Estaba oscuro y muy silencioso, la tenue luz que llenaba una parte del salón, me mostraba una pequeña mesita de té. Me acerqué, sobre ella había una foto en un marco de plata. Era una foto de familia, estábamos todos, mis padres, mis hermanos, mis hermanas, y yo abrazando a calcetines, mi gato, le llamaba así porque era todo blanco con las patitas negras. Mi familia me había dejado allí su recuerdo. En mí corazón sentía su ausencia, saque la foto del marco y me abrace a ella llorando cuando leí “Mi querida hija, sabes que te adoramos, no nos busques más ya nos has encontrado” Así me sorprendió la noche y llorando afronté el día que llegó de nuevo, con las malditas sirenas, los horribles silbidos y, la pena que me ahogaba, me daba coraje para seguir resistiendo. Tenía esperanza de que la razón venciera a la balas.

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