UN MUNDO SIN NOMBRE

Lejos, muy lejos de aquí, en algún lugar perdido del universo, existe un mundo diferente al resto.
Un mundo lleno de auroras boreales, de brumas matinales y de naturaleza virgen.
En él, se pueden distinguir todos los tonos del color verde, entre mezclado con los púrpuras y rojos, anaranjados y lilas, blancos y amarillos. Colores centelleantes, de flores, frutas y animales.
Entre grandes montañas, cubiertas de árboles, se distinguen marcados senderos naturales. Caminos hechos por el desgaste del viento y el agua.
Grandes valles frondosos, donde la hierva está muy alta. Entre ella se mezclan cientos de florerillas diminutas, de diferente colores. Balanceándose de un lado a otro, a capricho de la brisa, desprendiendo así sus aromas suaves, olor a naturaleza.
Anchos y profundos ríos, llenos de peces de diferentes colores, algunos grandes y otros más pequeños, nadando entre la vegetación acuática que adorna el río. Regalando el sonido del agua, corriendo entre las piedras redondas y marmóreas, compartiendo el sonido con el trino de los pájaros. Sonidos que relajarían las mentes confusas.
El cielo está iluminado, sus diferentes tonos azulados se deben a la luz que le procuran los dos soles que acompañan a este mundo.
Un sol del día y el sol de la noche.
El sol del día, despierta a la naturaleza con su calor. Sus tonos rojos y anaranjados, vibrantes. Colores calientes y alegres, iluminando todo. Su calor deshace los hielos de las altas montañas, cuyas cumbres se pierden entre las ligeras nubes, ocultando por instantes su grandeza dominante. Y como regalo, el deshielo, brinda el agua más pura a sus ríos y lagos.
Ese calor hace que maduren los frutos, que sus semillas se esparzan y por doquier se difuminen, procreando así más frutos en otros lugares.
La ligera brisa mezcla los pólenes de diferentes flores… así, transcurren las horas del día, llegando la tarde que llama a su ocaso. Naciendo el sol de la noche.
Sus colores azules y morados, con matices púrpuras y malvas oscurecen el cielo. Dándole un color azul profundo, dejando así ver la luz de millones de estrellas, mostrando nebulosas y lejanas galaxias.
La brisa es fría. Las altas cumbres se hielan de nuevo.
El frío de la noche, hace que las flores se escondan en sus capullos.
Los sonidos se atenúan. Las nubes ahora casi invisibles desaparecen.
La humedad del frío moja la tierra, las semillas se asientan. Todo se tranquiliza y duerme. Es el equilibrio de la tierra.
Calientes los días y frías las noches.
Así se pasan las horas, en las que sólo se escucha, el murmullo del río al rozar sus aguas entre las rocas. El silbido del viento, entre la alta hierba de los valles. Y agitando las copas altas de los árboles, el aire más puro.
Al llegar la madrugada, el tímido sol del día, deshace la escarcha que dejó el sol de la noche. Diminutas gotas de rocío resbalan por las hojas de los árboles, de los pétalos de las flores más osadas, que abiertas quedaron a la luz oscura de la noche.
Así, despertando a la tierra, engendrando de nuevo calor y vida.
Equilibrio, naturaleza y armonía. Es un mundo perfecto. Donde la vegetación y los animales viven en continua paz.
Un mundo sano, pues no existe en él la enfermedad que todo lo corroe y destruye: EL SER HUMANO.

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