TU ASESINA, CON CARIÑO...



Apenas percibía su respiración, pero podía oler su miedo… se extendía hasta mis fosas nasales y me guiaba hasta donde se encontraba. Apreté fuerte la empuñadura de mi espada. Él estaba justo detrás de mí, su hedor se pegaba en mi lengua y, eso hacía que me exaltara aún más. Quería oler su sangre, sentir su calor. Le enfrenté, nuestras espadas hicieron chispas al golpear una contra la otra. Sonrió, sin duda quería mí muerte y yo la suya, la quería con ansia. Golpeé una y otra vez su espada, haciendo que retrocediera. Mi ira era mayor que mí fuerza, no le di pie y desplegué todas mis energías. Cayó al suelo, su espada quedó algo separada de su mano.

-       -- Dime, que se siente ante la muerte –le dije entre dientes.

Sus ojos se agrandaron aun más y juntó las manos pronunciando palabras, las palabras del ritual. ¡No! No le dejaría terminar, si lo hacía desaparecería ante mí como la última vez. Le tenían ante el filo de mi espada, giré en redondo sin darle tiempo a exhalar el aire de sus pulmones. Sus manos saltaron delante de mí, un chorro de sangre me empapó las piernas. Miré las manos caídas en el suelo, unidas aún. Pero aquel maldito empezaba a murmurar su hechizo…

-     --Deberías rezar, será lo último que murmures –le miré con odio.

Su hechizo, sin apenas terminar de pronunciarlo me estaba hiriendo como una daga, me cortaba por el cuerpo despojándome de mis fuerzas.
¡No! No le dejaría acabar con mí vida. Ante mis ojos se elevó, como un maldito fantasma. Traicionero brujo, desapareció ante mí. Yo no dejaba de sentir esos cortes en mi piel y el dolor que me producía. La rabia me poseyó, cerré los ojos y traté de sentirlo. Sabía que podía hacerlo, podría olerle de nuevo, él me temía, lo sabía.
Sentí un corte en mí espalada y, la sangre caliente resbalar por mi cuerpo, apreté la empuñadura de mí espada y la empujé con todas mis fuerzas hacia atrás. Oí un crujido seguido de un lamento, me volví, le había atravesado el pecho. Empujé con más ira, hasta que sentí su carne pegada a mis manos. Ahora era su sangre la que mojaba mi cuerpo. Su rostro se contrajo en una mueca de dolor y horror hasta que quedó allí, encima de mi acero. Le empujé con el pie y, su maldito y asqueroso cuerpo cayó al suelo. Se hizo mil pedazos ante mí. Sonreí, envainé mi espada y salí de las sombras, a por el siguiente.

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