A TI, MADRE NATURALEZA




Hoy, la mañana se despertó soleada. Las nubes, como copos 
dispersos, como algodones de caramelo, se pasean por el cielo; un gran espacio azul que contrasta con el verde vibrante de los campos, con el agrisado azul de las montañas perdidas en su lejía.

Madre, Reina mía. Diosa infinita. ¡Gracias!

Porque aunque te estemos matando en cada agónico amanecer, tú, cada día, renaces para mostrarnos cuán diminutos somos ante tu grandeza divina.


Somos seres desagradecidos, depravados, despreciables ladrones y destructores de los tesoros que tú nos brindas, para disfrutar de nuestras prestadas vidas.


Dueña del mundo, señora del universo, creadora de lo malo y de lo bueno.


Reina de la sabiduría, no hay diosa que alcance a tu real belleza.


Madre, ahora que ruges, que sangras herida, enojada te impones; meneando la tierra, revolviendo los mares, castigando al hombre sin indulgencia, y aun así, este,  se pavonea de sus proezas.


Ahora, más que nunca, clavo mis ojos en el cielo, alzo mi voz en un ruego.


Solicito tu clemencia, invoco tu perdón, te rindo penitencia.


A ti, Madre Naturaleza.


Te pido que aplaques tu ira, tu convulsionada furia sin duda merecida.


Danos la oportunidad de cambiar, de corregir los errores que provocaron grandes tragedias.


Escucha este alegato, antes de que proclames sólo tuya, esta gran bola que aún está llena de vida...


LA TIERRA.


Oscura Forastera

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