Las palabras que se dictan con el alma, nunca se borran, son verdaderas, dolorosas y arrolladoras. Se parecen a las flechas que antiguamente Cupido lanzaba, a diestro y siniestro, al tuntún. Como dardos envenenados, nos dejan insensibles, para después obligarnos a mirarnos a los ojos, sin un porqué y tan plácidamente dejarnos plantados, ciegos y hundidos. Podemos sentirnos faltos del sentimiento amoroso de su significado, noqueados hasta el fin de los tiempos, impidiendo que el corazón se desboque, avejentado sus latidos hasta acabar con ellos y pararlos. Nunca había pensado en estas palabras, son muy sentidas, arraigadas en lo más hondo de nuestro ser, nos encanta derramarlas y gritarlas, si el momento es el adecuado, y si no, harán que nos sintamos ridículos ante el desparrame de balbuceos, tartamudeos y demás tonterías. Lo peor es cuando somos escuchados por quien deseamos. Es entonces cuando se nos agrandan los ojos, la respiración se agita y nos sen...